Otro día de viaje, el penúltimo de nuestra andadura por Costa Rica 😔. Hoy nos desplazamos más hacia el norte y dejamos definitivamente el mar para subir a las montañas de Monteverde.
Tuvimos que coger varios buses para llegar:
Primero uno de Manuel Antonio a Quepos; nosotros fuimos en taxi porque en la cafetería donde desayunamos tardaron 45 minutos en traernos la comida y ya se nos echó el tiempo encima, pero hay autobuses que pasan cada 15 minutos y en media hora llegan a Quepos.
En Quepos cogimos un autobús grande con destino Puntarenas, y tardamos unas 3 horas. Ya allí, no nos costó encontrar el bus porque había varios autóctonos que se querían ganar la propina guiando turistas hacia los autobuses (los de hoy eran muuuuy pesados, todo el rato encima sin dejarnos ni ir al baño siquiera). Media hora después estábamos ya de camino a Santa Elena, el pueblo en Monteverde donde nos alojamos, y aunque nos dijeron que tardaríamos 3h y media, no podíamos creerlo: miramos Google Maps y ponía que estábamos a 60km!
Luego lo entendimos, a medida que nos íbamos acercando a la montaña, la carretera se iba estrechando y empinando hasta que llegó un momento en que el autobús iba todo el rato en primera, y por si no era suficiente, la carretera de asfalto se terminó y pasó a ser un camino de tierra… y efectivamente, 3 horas después, llegamos a nuestro destino.
El dueño del hostel nos vino a buscar en coche a la estación y compró carne para hacer a la barbacoa para cenar. Qué buena bienvenida!
Las vistas desde nuestro hostel
Alojamiento: Pura Vida Hostel ($25/habitación doble/noche) – un hostel pequeñito con muy buen ambiente y lleno de gente joven. Tiene habitaciones compartidas y también privadas, pero el baño es compartido y sólo hay uno para todos.
Después de desayunar y despedirnos de nuestras amigas belgas, bajamos al pueblo en busca de una manera para ir a Manuel Antonio, donde la idea era llegar pronto para ver el Parque Nacional y dormir una noche. La cosa se complicó cuando vimos que la oficina de turismo estaba cerrada y un taxista nos dijo que el autobús hacia Quepos (el pueblo de antes de Manuel Antonio) no salía hasta la 1 de la tarde, y que tardaba dos horas en llegar. Pero cuando hemos aprendido que no hay que creerse todo lo que te cuenten aunque sean lugareños.
Fuimos a la estación de autobuses, y efectivamente, pasó un bus hacia Quepos a las 10:30. Y 40 minutos después, llegamos a nuestro destino. En Quepos cogimos un taxi «pirata» (sin licencia y más barato que los normales) con un conductor majísimo que nos contó un montón de cosas sobre la ciudad. Y por fin a las 12 dejamos las maletas en nuestro nuevo hotel en Manuel Antonio y nos encaminamos al Parque Natural: cerraba a las 4, así que teníamos 4 horas para recorrerlo.
El Parque es bastante bonito, lleno de vegetación, playas y animales de todo tipo, pero no me terminó de convencer porque es el lugar más turístico que hemos visitado. Estaba llenísimo de gente, tanto que en los caminos estrechos de formaban atascos, las playas estaban llenas y los merenderos también; de ahí que los monos estén rondando a todas horas para intentar robar comida. Es más, a la entrada del parque nos registraron las mochilas para ver qué tipo de comida llevábamos, pues no se puede introducir ningún alimento procesado (patatas, galletas, etc.) ya que los monos son muy hábiles y lo roban todo, y esa comida es muy perjudicial para ellos.
Como he dicho, el parque es precioso, pero no más de lo que lo es el resto de Costa Rica. Un consejo que os doy a posteriori es que prescindáis de hacer parada en Manuel Antonio y aprovechéis para visitar alguno de los sitios de los que nosotros no vimos, como por ejemplo Corcovado, el volcán Poás, el Cerro Chirripó o el volcán Arenal.
El mono que estuvo a punto de robarme la comida
El Parque tiene varios senderos que van a diferentes lugares: cascadas, miradores, playas… Nosotros recorrimos casi todo, sólo nos faltaron un par de caminos, recorrimos en total 10km, y no eran llanos!
Una cascada al final de un senderoEl mirador de las Playas Gemelas
A las 4 salimos del Parque y nos fuimos a descansar al hotel, pasando antes por la Playa Espadilla, la mejor playa de Manuel Antonio, que más que Costa Rica eso parece Benidorm: hasta la bandera de gente, restaurantes, tiendas de souvenirs… Un ambientazo vamos.
Por la noche cenamos en Raphael Terrazas, un restaurante que nos había recomendado el taxista, aunque de comida tica tenía bastante poco: Jorge comió un bistec al estilo americano y yo sushi… Combinación perfecta jajaja.
Alonjamkento: Hotel Coco Beach ($41/habitación doble/noche) – un hotel normalito muy cerca de Playa Espadilla. Las habitaciones son grandes y tienen aire acondicionado, y además hay piscina, que se agradece mucho con el calor que hace por aquí.
Ya estamos disfrutando del Pacífico! Esta mañana hicimos una excursión por excelencia de esta zona: fuimos a ver ballenas!
En la playa de Uvita se encuentra el Parque Nacional Marino Ballena, que comprende varios kilómetros de mar y playa, y curiosamente, posee una formación rocosa que sale de la playa y tiene forma de ballena.
Desde mediados de julio hasta mediados de septiembre es la época en la que se ven ballenas casi 100%, así que a pesar de que el tour costaba $65 (el precio varía de unas empresas a otras) no nos pensamos dos veces.
La duración era de 4 horas, aunque al final estuvimos más. Las primeras dos horas nos desplazamos a una zona donde ya otros barcos habían visto ballenas, y efectivamente allí estaban. Una cría, un macho y una hembra… espectaculares! Debían rondar los 15 metros de largo, y aunque no las vimos saltar, si sacaban parte del cuerpo del agua continuamente. Estuvimos siguiéndolas más de una hora hasta que las tuvimos muy cerca, fue impresionante!
La ballena macho bien cerca de nuestra barca
Parecían la «familia feliz», pero el guía nos contó que esa cría habría nacido hace poco más de dos semanas y siempre iba acompañada por su madre. Las hembras, cuando tienen crías a su cargo, no producen las hormonas que hacen que quieran reproducirse, por lo que ellos machos lo que suelen hacer es intentar matar a las crías, ya que 48 horas después de no tener una cría a su lado, la hembra empieza a producir estas hormonas y así el macho podrá aparearse.
Después de este espectáculo de la naturaleza, nos llevaron a Roca Ballena, una pequeña isla dentro del Parque, que al estar protegida no podíamos pisar, pero sí hicimos snorkel en sus alrededores (aunque ni punto de comparación con el de Bocas del Toro). Luego nos dieron un plato de fruta a cada uno para comer y nos llevaron de vuelta a tierra porque estaba empezando a diluviar.
Y vaya si diluviaba… No tuvimos más remedio que quedarnos unas cuantas horas en el hotel, hasta que por fin amainó y pudimos acercarnos a ver la Catarata Uvita, a 200m de nuestro hotel. Ya eran las 5 y pronto anochecería, así que no podíamos hacer nada más.
La catarata en situación normal es preciosa y muy apetecible para bañarse, pero con la lluvia torrencial de hoy, el agua quedó marrón y caía con demasiada fuerza…
El río que sale de la cascada
Lo bueno es que el hotel tiene muy buen ambiente, hemos hecho muchos amigos y hemos disfrutado de este lugar una tarde más.
Qué día más largo! En este punto hemos modificado un poco nuestro recorrido. La idea (cuando pensábamos que tendríamos coche) era hacer una noche en Boquete (Panamá) para hacer una excursión al volcán que hay en esa zona. Pero al no tener coche para desplazarnos, el viaje se hacía demasiado largo, así que hemos decidido ir directamente a Uvita (Costa Rica) que era el siguiente destino, y así solo gastar un día en desplazamientos, en vez de dos.
Las paradas de esta ruta son: Bocas del Toro – Almirante – David – Paso Canoas (la frontera) – Uvita.
Afortunadamente, Willy, el marido de Juani (la dueña de nuestro hotel) tenía que ir hoy a Almirante, así que nos ha llevado hasta allí en bote desde la puerta de nuestro hotel, y en Almirante nos ha llevado a la estación de autobuses en su coche. Nos ha ahorrado casi dos horas de viaje (el bus desde nuestro hotel hasta Bocas, bote desde Bocas hasta Almirante y el taxi desde el embarcadero hasta la estación de autobuses), así que le estamos eternamente agradecidos.
En la estación hemos cogido un bus que salía a las 9 ($8,50) y tardaba 3h30 a David, una de las ciudades más grandes del norte de Panamá. Ya en David, hemos cogido otro bus que salía de la misma estación en la que nos han dejado, y que nos llevaba a Paso Canoas ($2). En Paso Canoas nos ha tocado hacer de nuevo todo el papeleo propio de una frontera, aunque a diferencia de la vez que cruzamos por Sixaola (en el lado del Caribe) no nos han cobrado tasas ni en Panamá ni en Costa Rica… en lugar de eso, nos han registrado los equipajes.
Tras realizar todo esto (hemos tardado como 30 minutos) hemos cogido un bus en dirección a San José (10.000 colones – unos 15€, no sabemos por qué tan caro) que hacía parada en Uvita.
Y a las 4 de la tarde, desde las 7 de la mañana que habíamos salido, por fin estábamos en nuestro nuevo hotel, el Cascada Verde, llamado así porque está junto a una famosa cascada de Uvita. Lamentablemente, como lleva lloviendo toda la tarde, no hemos podido ir a verla, aunque no nos ha importado quedarnos en el hotel, y ahora veréis por qué.
Alojamiento: Cascada Verde Hostel ($25/habitación doble/noche) – el más especial de todos los que hemos estado, con mucha diferencia. Alejado del pueblo, se encuentra en medio de la selva, está hecho completamente de madera, el salón, comedor, cocina y terraza están conectados porque no hay paredes… pero tampoco hay paredes que lo separen de la jungla, sólo techo! Por todos lados hay hamacas, tumbonas, sillas y sofás donde relajarse, y el ambiente es perfecto para ello! Las habitaciones están separadas unas de otras por paredes de madera que no llegan hasta el techo, pero en la parte en que dan al exterior, solo tienen una barandilla y unas cortinas muy finas. En resumen… es como dormir en medio de la jungla! Nos parece espectacular, súper original y precioso!
El «salón» del hotel. Donde estén estas vistas que se quite una televisión
Hoy el día ha sido movidito. Es nuestro último día en Panamá y una de las islas que nos quedaban por descubrir era Bastimentos. Hay tours organizados que llevan a los turistas a Red Frog Beach, que es el lugar más famoso de esta isla, pero nosotros queríamos ver más cosas, así que no contratamos ninguno, simplemente cogimos un bote que nos llevaba a Old Bank, el pueblo principal de la isla.
Al llegar, fuimos las dos únicas personas que se bajaron del bote en esa parada, el resto iban a otros destinos. En este pueblo no hay casi turistas a pesar de que hay bastantes hoteles, pero estaba medio vacío, algo que nos chocó bastante.
Caminamos por las calles hasta que dimos con un camino que iba a Wizard Beach, otra de las playas de la isla. El camino empezó a estrecharse y empinarse primero hacia arriba y luego hacia abajo, hasta que unos 30 minutos después llegamos a la playa. De nuevo, completamente vacía a excepción de unos cuantos surfistas en el mar. Estuvimos un rato viendo como surfeaban y después retomamos la caminata, pues la mujer que nos había vendido los billetes hacia Bastimentos nos dijo que se podía llegar de Wizard Beach a Red Frog Beach caminando por la playa… y en qué momento la creímos!
De la playa salía un sendero que iba paralelo al mar en dirección a Red Frog. Empezamos a caminar por él y poco a poco el camino se fue haciendo más y más estrecho, hasta que a veces desaparecía y había que salir a la playa, que en un momento se transformó en rocas. Continuamos alternando entre el supuesto camino y las rocas, hasta que, no sabemos en que momento, el camino desapareció.
Como nos parecía que estábamos cerca de nuestro destino, continuamos abriéndonos paso por las rocas o la selva, según se terciase. Y por fin, después de una hora caminando, vimos la playa de Red Frog a lo lejos! Ya casi estábamos, o eso nos creímos, porque el relieve empezó a complicarse hasta que ya no podíamos ir más por las rocas sin tener que tirarnos al mar, y aparentemente tampoco había ninguna manera de avanzar por la selva. Pero teníamos que llegar, estábamos tan cerca…! Y deshacer el «camino» no era una opción.
Analizando el percal en el que nos habíamos metido
Nos armamos de valor, y utilizando nuestros brazos como machetes y las lianas que encontrábamos como cuerdas para sujetarnos, avanzamos como pudimos entre toda la la vegetación que había (y no cabía un árbol más).
En nuestra ruta hacia Red Frog, liana arriba liana abajo
Cuando ya casiiiii casi estábamos, y justo en el momento en el que en el suelo empezaron a aparecer huellas de jaguar, la espesura de la selva no nos dejo avanzar más. Por suerte, salimos a la zona del mar y encontramos arena, y aunque tuvimos que arrastrarnos porque los árboles eran muy bajos, conseguimos atravesarlos y al fin llegamos a unas rocas. Y después de esas rocas… POR FIN! Esta vez sí, llegamos a la playa de Red Frog! No sabemos cómo, pero no nos cruzamos con ninguna tarántula, ni serpiente, ni nigun otro bicho venenoso. Estamos sanos y salvos y sin más picaduras de las que ya teníamos (que no son pocas), aunque llenos de barro, nosotros, nuestra ropa y nuestras zapatillas.
Ya en Red Frog Beach, sólo nos quedaban fuerzas para pedirnos unos batidos en uno de los chiringuitos y comer nuestra fruta de todos los días.
Y por fin llegamos al oasis…
A propósito, esta playa se llama así porque en ella habitan muchas ranitas rojas, aunque a decir verdad no vimos ni una allí, pero sí las vimos en nuestra aventura por la selva. Aunque lo parezcan, no son venenosas CORRIJO ESTO: sorprendentemente, el lugareño que nos informó estaba totalmente equivocado, estas ranitas tan monas son muy venenosas! No se pueden tocar bajo ningún concepto, ya que si su veneno entra en contacto con los fluidos corporales, hay incluso riesgo de muerte.
Las famosas ranitas rojas. Esta la encontramos en la selva de camino a la playa
La playa es un lugar súper turístico lleno de restaurantes, hoteles y chiringuitos, y al estar en mar abierto, hay muchas olas y corrientes.
Tras descansar y disfrutar de la playa, nos fuimos hacia el embarcadero donde las barcas llegan para dejar y recoger a las «personas normales» que vienen a la playa sin jugarse la vida 😂.
Ay de nosotros cuando le contemos nuestra aventura a Juani…
Después del ajetreo de ayer, hoy nos hemos tomado un día de relax. Hemos explorado la zona de Boca del Drago, que es donde se encuentra nuestro hotel.
Por la mañana hemos caminado por la playa en una dirección, comprobando que ese lado está totalmente desierto, a excepción de alguna casita suelta donde viven familias de panameños. Llama la atención las malas condiciones de estas casas, cosa que aquí parece normal, pero en las que viven madre, padre, abuela, niños, perros, gallinas, patos… de todo. Además, está zona está muy aislada del resto de la isla, los niños necesitan coger un autobús que les lleva hasta la escuela a 30 minutos, por una carretera en horribles condiciones.
Al mediodía hemos pasado por el hotel a comer fruta (nuestras comidas se basan en esto día tras día) y plátano frito que compramos ayer en el supermercado, y después nos hemos ido en dirección contraria a la mañana, camino de Playa Estrella.
Esta vez sí la hemos disfrutado al máximo (porque además el día ha vuelto a salir soleado), nos hemos bañado en sus aguas cristalinas llenas de estrellas de mar (ojo, también hay rayas que pican!), hemos bebido agua de coco y pasado la tarde entera tirados en las hamacas.
Estrellas de mar en Playa Estrella
Cuando me refiero a la tarde entera, quiero decir hasta las 5, aquí el ritmo de vida es diferente. Ya de vuelta en el hotel, nos hemos duchado, y hemos comido otra cena riquísima que nos ha preparado Juani, que nos sigue tratando genial y contándonos sus batallitas, mientras disfrutábamos de una preciosa puesta de sol.
Hoy ha sido un día muy bien aprovechado. Amaneció lloviendo pero los lugareños nos dijeron que saldría el sol. No tenía mucha pinta, pero les hicimos caso, y efectivamente en dos horas se fueron las nubes y se quedó un día espectacular para la excursión que íbamos a hacer.
Contratamos un tour por $30 (era más caro pero conseguimos regatearle algo) que salía de Bocas Town a las 10 (todos salen de allí), y que consistía en una excursion de 7 horas en barca que nos llevaba a varios lugares. Es un lujo porque íbamos solo 7 personas con el patrón/guía. Estas son las paradas que hicimos:
1. Bahía de los Delfines: es una bahía donde viven muchos delfines, donde acuden para aparearse y criar. Se pueden ver un montón de delfines nadando, aunque hoy no hemos tenido suerte y ninguno se ha acercado a nuestra barca. En la orilla de esta bahía hay dos pueblos de indígenas que viven allí, pero no nos hemos acercado.
2. Cayo Coral: una isla muy pequeña donde hemos parado a hacer snorkel en una barrera de coral. El agua es totalmente cristalina y hemos podido ver muchos peces, corales, y hasta hemos nadado cerca de una barracuda. Después de esto hemos comido (nos hemos inflado a fruta que hemos comprado en el supermercado por la mañana) y hemos descansado en unas hamacas (como no).
Buceando en Cayo Coral
3. Cayo Zapatilla: cuando te imaginas una isla paradisiaca, piensas en una isla como esta. Pequeña, completamente llena de vegetación excepto la playa de pocos metros que la rodea, arena blanca y agua de color turquesa. Aquí hemos estado 1 hora y media disfrutando del paisaje y bañándonos un poco más, antes de partir de vuelta hacia Isla Colón (la isla principal, donde se encuentra Bocas Town y nuestro hotel).
La playa de Cayo Zapatilla
4. Isla de los Perezosos: en el camino de vuelta hemos parado aquí, una pequeña islita llena de perezosos; sin bajar de la barca hemos visto tres, aunque todos durmiendo, haciendo honor a su nombre.
5. Isla de las Estrellas de Mar: también solamente de paso, nos hemos acercado a una islita en la que hay muchísimas estrellas de mar en el fondo. Ya en el hotel, la dueña nos ha contado que en esa isla antes no había estrellas de mar, pero un extranjero que tenía un negocio de tours se llevó varias de la Playa de las Estrellas y las puso allí, para poder así organizar tours a esa isla, que estaba más cerca de su negocio. Cuando las autoridades del Parque Natural se enteraron, quisieron echarle del país, ya que lo que hizo es ilegal.
Sobre las 17 llegamos a Bocas, y solo nos quedaban fuerzas para comprar algo de comida para mañana y volver al hotel. Juani (la dueña) nos tenía preparada la cena, arroz con carne y verduras, y también nos ha preparado un guacamole riquísimo y para mojar, fruto de pan, una fruta que se hace rodajas y se fríe, y queda parecido a las patatas pero con un sabor muy peculiar.
Llegó el día de cambiar de país. Nos despertamos pronto por la mañana, y tras dejar el hotel, fuimos en coche hasta Puerto Viejo, donde está la oficina de Adobe Car más cercana a la frontera. Tras hablar con la compañía Auto Escape por teléfono, nos han dicho que ellos no saben nada de las condiciones de sus intermediarios (en este caso Adobe Car) y no podían informarnos de que no se puede sacar el coche de Costa Rica. Finalmente nos han dicho que abramos una reclamación en su página de internet (veremos si resulta en algo bueno).
Después de dejar el coche, cogimos un autobús público que iba a Sixaola, donde está el paso fronterizo con Panamá (1 hora de viaje). Nada más bajar del bus ya hay autóctonos ofreciendo viajes en autobús desde la frontera hasta el puerto de Almirante (donde se coge el bote para ir a Bocas del Toro, que es un conjunto de islas también en la costa caribeña del país). Son muy pesados y aseguran que es la mejor forma de ir y solo es 2$ más cara que ir en buses públicos, pues hay que coger dos y el segundo para lejos del puerto de Almirante. No sabemos si esto es real o no, porque al final regateamos el precio hasta $7, y nos llevaron rápido y «de puerta a puerta».
Tanto en el lado de la frontera de Costa Rica como de Panamá, hay que enseñar los pasaportes y pagar $8 a cada lado. Tras hacer todos estos trámites nos pusimos en marcha hacia Almirante (1 hora de trayecto), y ya allí cogimos un bote hasta Bocas del Toro (30 minutos). Este nos dejó en Bocas Town, donde se concentra casi toda la población. Nuestro hotel está en la otra punta de la isla, a 15km hacia el norte, así que cogimos un autobús público que nos llevaba hasta la misma playa de Boca del Drago (donde está el hotel). La carretera está asfaltada pero en malísimas condiciones así que tardamos algo más de media hora en llegar.
La playa de nuestro hotel en Boca del Drago
Esta zona es impresionante. Está casi desierta, y a 20 minutos tenemos una playa llamada Playa de las Estrellas, con este nombre porque está llena de estrellas de mar. Hemos dado una vuelta ya cuando el sol estaba cayendo, en estos días volveremos allí porque el agua cristalina tiene que estar preciosa con la luz del sol, y además hemos visto que hay restaurantes que tienen langosta recién pescada.
Dando un paseo por la orilla en la Playa de las Estrellas
Alojamiento: Hospedaje Yarisnori ($54/habitación triple/noche) – en la mismísima playa, el hotel se compone de una cabaña con 3 habitaciones y un restaurante al aire libre. La dueña de hotel es una mujer encantadora que está en todo momento pendiente de lo que necesitemos y nos ayuda en todo lo que nos hace falta. La localización de excelente, esto es lo más parecido al paraíso que he visto nunca. Por ponerle un pero, es lo lejos que está de Bocas Town, que es desde donde salen todos los tours al resto de las islas y donde están todos los restaurantes y supermercados. De todas formas salen buses cada hora desde las 8 hasta las 18.
Desde aquí os escribo: después de cenar, relax frente al mar
Esta mañana, por supuesto después de otro gran desayuno en Brigitt’s, hemos cogido el coche y nos hemos ido hasta la playa de Punta Uva, ya que el dueño de nuestro hotel nos dijo que era la playa más bonita de la zona. El sol además nos ha acompañado todo el día (algo extraño ya que siempre llueve en algún momento y normalmente está nublado) y era además muy asesino porque aún habiendo estado todo el día a la sombra, nos hemos puesto un poco cangrejo.
La playa está bien, con bastantes olas y también bastante gente, algo que no nos pega mucho aquí que siempre hemos andado solos. Pero eso sí, es preciosa.
Playa de Punta Uva
Después de comer hemos conducido de vuelta hacia Cahuita, y por el camino hemos parado en Playa Cocles, una de las que se puede surfear, y nos hemos entretenido viendo a los autóctonos coger olas.
La última parada del día ha sido Puerto Viejo, la «ciudad» más grande de la zona. Es un pueblo muy hippie, aunque ha perdido algo su esencia ya que a día de hoy está completamente orientado al turismo: todos son hoteles, restaurante, tiendas de souvenirs y puestecitos de abalorios (algo ha caído, raro en mí 😅). A pesar de esto tiene un gran encanto, mucho ambiente, una buena playa y también muchos surferos.
Ya de vuelta en Cahuita, hemos cenado en el Restaurante La Esquinita, en la calle principal del pueblo. Es la segunda noche que cenamos aquí, la comida es la típica de la zona y está riquísima, el mejor sitio que hemos probado hasta ahora. El único pero es que tardan muchísimo en prepararla, suponemos que porque la hacen de cero cuando la pedimos, pero han tardado más de una hora en traernos los platos, ya os imagináis nuestra desesperación! 😂 De todas formas, esta calma la tiene todo el mundo aquí, es mejor no tener prisa y tomarse las cosas con calma.
Antes de empezar con la excursión, hemos desayunado en Brigitt’s Horse Ranch, nos ha preparado una tortitas de plátano riquísimas, la masa hecha al momento, y acompañadas con chocolate hecho por los indígenas del pueblo Bribri (cerca de Cahuita). Hay excursiones que se pueden hacer a comunidades indígenas cerca de bribrí, me parece un plan súper interesante. Podéis ver la info aquí.
Ya con la tripa llena, empezamos la aventura: La entrada del Parque Nacional está junto al pueblo de Cahuita. La entrada es gratuita aunque todo el mundo suele dejar una donación voluntaria para el mantenimiento del Parque.
El recorrido de la excursión es de 10km aprox., así que hemos estado el día entero aquí. En este lugar hemos visto aún más animales que en Tortuguero: muchísimos monos, perezosos, mapaches, tortugas, tucanes… es impresionante. Al principio el sendero va pegado a la playa, que es de arena blanca y agua cristalina, aunque como hoy estaba nublado no lo parecía tanto. Hay tramos algo embarrados y una parte en la que hay que descalzarse porque hay que pasar por la orilla del mar. No en todas las partes de la playa podemos bañarnos, hay que fijarse dónde hay banderas verdes, que es donde se puede. Por la mitad del camino hemos parado a comer en la playa un poco de fruta, y un rato más tarde hemos continuado.
La segunda mitad del camino se hace hacia el interior de la selva, donde había muchísima más vegetación y era todo más exuberante. ¡Aquí ves monos cada minuto!
El Parque cerraba a las 4 y justo hemos salido a esa hora. La salida está a 5 km del pueblo, y no es recomendable caminar de vuelta por la carretera, así que hemos cogido un autobús que pasaba por allí y nos ha dejado en el mismo pueblo.
Esta recorrido se puede hacer al revés: en el punto donde nosotros salimos hay un parking para dejar el coche, pero cuesta $10 y luego tienes que coger un bus igualmente para volver a por el coche.